Una de las ventajas de viajar sola es que una tiene la libertad de hacer lo que le plazca. La misma ventaja obviamente se convierte en desventaja en algunas oportunidades, está clarísimo (por lo menos para mi). Pero hoy no nos interesan las desventajas.
Decía, entonces, que con toda la libertad de moverme en cualquier dirección, la mía siempre (o casi siempre) era hacia una librería (además de los sitios de interés que pudiera tener cada lugar, los museos, etc.).
La direccionalidad hacia las librerías resultó en la compra (obvio) de varios libros (ya dije que en ese viaje lei muchísimo) pero también había otra cosa que yo miraba en todas y cada una de las librerías que visitaba. Los cuadernos. Vamos, yo tenía mi bitácora de viaje, siempre que viajo llevo una, pero bueno, los cuadernos también me pueden.
Una tarde, caminando por Madrid, en un día en el cual me había escapado de un grupo de personas que se había ido a alquilar unos botes (unos botes!!!) en el lago del Parque del Retiro, yo me encontré con una librería muy pequeña, muy íntima, de esas que da cosita entrar (no se por qué... Durante años me pasó con una librería que queda en Corrientes antes de llegar a Callao, era mi librería preferida pero nunca había entrado) y ahí encontré EL cuaderno para mí.
Cuento todo esto porque sí, por un lado, pero por otro porque ayer, cuando se cumplieron dos meses de mi retorno (y 10 sin fumar, ejem) lo estrené. Y fui tan feliz.
Felicidad en las pequeñas cosas.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario